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El caso de la actualización de las fuerzas armadas de la República Popular de China

En esta foto difundida por la Agencia de Noticias Xinhua, drones y otras formaciones armamentísticas desfilan durante la parada militar celebrada frente a la Puerta de Tiananmén, en Pekín, el miércoles 3 de septiembre de 2025, para conmemorar el 80º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial.

01 de diciembre de 2025

El caso de la actualización de las fuerzas armadas de la República Popular de China

Introducción

La demostración del poder militar estadounidense durante la Guerra del Golfo (1991) y la intervención de la OTAN en Kosovo (1999) constituyó un punto de inflexión en la percepción estratégica y la política de defensa de la República Popular China. El despliegue de armamento de precisión, sistemas de guiado por satélite y fuerzas altamente móviles evidenció un salto cualitativo por parte de los Estados Unidos de América en la forma de hacer la guerra.

Las nuevas capacidades americanas eran producto de una transformación que se centró en la explotación de las entonces tecnologías emergentes, especialmente en la revolución digital que impactó en las áreas de la información y comunicación. Proceso que en su momento se denominó una revolución de los asuntos militares. La posición militar hegemónica con la que comenzó EUA el siglo XXI estuvo centrada en la superioridad tecnológica; la calidad de los sistemas de armas más que en la cantidad.

En aquellos conflictos se puso de manifiesto la asimetría tecnológica que existía entre las potencias occidentales y las fuerzas armadas de China. Este hecho alertó a las élites del gigante asiático, que comprendieron la vulnerabilidad en que se encontraba su instrumento militar si se proyectaba su uso a potenciales escenarios de conflicto en la periferia cercana, considerando sus objetivos permanentes en la zona exterior inmediata a sus fronteras.

En este contexto, la dirigencia política de Pekín inició un ambicioso plan de modernización del Ejército Popular de Liberación (ELP), orientado no sólo al desarrollo de capacidades militares de avanzada, sino a la transformación doctrinaria y organizacional de su sistema de defensa nacional.

La prioridad fue garantizar que el desarrollo económico y la seguridad nacional de la República Popular de China no se vieran comprometidos en el campo militar por su atraso tecnológico. Este proceso, impulsado por la combinación de reformas internas e innovación tecnológica, reflejó la intención china de mutar de una defensa territorial tradicional a una postura de defensa activa y con proyección regional. Ello devino una política exterior más asertiva.

El presente artículo analiza la evolución del proceso de modernización militar del ELP a lo largo de las últimas décadas, atendiendo tanto a sus dimensiones materiales como a sus implicancias geopolíticas. Particular atención se otorgará al reciente desfile militar de agosto de 2025, entendido no sólo como una demostración del avance de este proceso, sino también como un acto simbólico de reafirmación del poder nacional frente a la comunidad internacional y, especialmente, a Estados Unidos.

La modernización militar china: de la guerra de masas a la revolución en asuntos militares

La modernización militar de China giró en torno al principio Ganar guerras locales bajo condiciones de alta tecnología (1993), adoptado por el EPL a comienzos de la década de 1990 –concepto que tendrá su concomitante desarrollo a medida que evolucionen las tecnologías de información, comunicaciones y la inteligencia militar–. Esta concepción reflejaba la interpretación que Pekín hizo luego de la Guerra del Golfo y Kosovo: operaciones conjuntas, rápidas y basadas en la superioridad de la información. Frente a ello, se reconoció que la defensa del territorio requería adaptarse a un entorno operacional donde la guerra ya no se decidiría por la cantidad de tropas, sino por la capacidad de integrar sistemas de armas avanzados, inteligencia en tiempo real y una logística altamente automatizada.

El concepto de guerras locales suponía que los conflictos de China serían limitados en escala y alcance, concentrados en su periferia inmediata, pero con consecuencias de gran magnitud. En este marco, el estrecho de Taiwán surgió como el escenario principal de planificación militar, en especial, luego de la Tercera crisis del estrecho en donde China se vio impotente ante la demostración de poder militar estadounidense.

Esta crisis se produjo entre julio de 1995 y marzo de 1996, originada por la visita del presidente taiwanés Lee Teng-hui a Estados Unidos. La RPC expresó su rechazo mediante realizar pruebas de misiles y maniobras militares en las proximidades de la isla. En respuesta, EUA desplegó dos portaaviones en el estrecho, que llevó al ELP a replegar sus fuerzas a posiciones seguras, evitando el enfrentamiento directo. De todas formas, China mantuvo su postura mediante protestas diplomáticas y la afirmación de una sola China, mientras continuaba con lanzamientos de misiles DF-15 hacia áreas marítimas cercanas a los puertos de la isla, a la vez que realizaba ejercicios con fuego real en las costas de Fujian y Zhejiang. La crisis dejó en evidencia la brecha tecnológica y de proyección de poder respecto de Estados Unidos.

La doctrina de las guerras locales enfatizaba la necesidad de alistamiento para escenarios de alta intensidad en torno a la isla, donde la intervención de potencias externas —en particular de Estados Unidos— podía alterar rápidamente el equilibrio de poder. Así, el EPL debía ser capaz de ejecutar operaciones rápidas y decisivas que garantizaran la superioridad de sus fuerzas antes de una posible internacionalización del conflicto.

Esta reorientación doctrinaria implicó abandonar el paradigma maoísta de la guerra popular prolongada, caracterizada por la defensa territorial y la movilización masiva, para dar paso a un modelo de operaciones conjuntas multidominio. La prioridad dejó de estar en las fuerzas terrestres —tradicionalmente predominantes en la estructura funcional del EPL— para trasladarse de forma paulatina hacia las fuerzas aéreas, navales, espaciales y cibernéticas, consideradas esenciales para asegurar la supremacía tecnológica y la proyección de poder.

En el marco de su transformación militar, la modernización de los sistemas de armas del EPL se estructuró en torno a tres ejes interdependientes: mecanización, informatización e inteligentización. Cada uno de estos procesos representa una fase progresiva en la evolución de las capacidades del EPL, desde la modernización material del instrumento militar, hasta la integración de la información y la inteligencia artificial como núcleos de la superioridad militar. En conjunto, estos ejes reflejan la transición del EPL desde una fuerza centrada en la cantidad hacia una fuerza basada en la calidad tecnológica, la interoperabilidad y la capacidad de adaptación frente a las características y desafíos del campo de batalla moderno.

Mecanización

La mecanización persiguió transformar al EPL en una fuerza de mayor movilidad, potencia de fuego y capacidad de maniobra. El objetivo central —reducir la dependencia de la masa y aumentar la capacidad de respuesta rápida— se tradujo en inversiones sostenidas en el desarrollo de elementos blindados modernos, artillería autopropulsada, helicópteros de ataque y aeronaves de combate multirrol, así como en una expansión significativa de capacidades de proyección naval.

Doctrinalmente, la mecanización se enmarcó en el concepto antes mencionado de ganar guerras locales bajo condiciones de alta tecnología, que redefinió el papel del componente terrestre: ya no como fuerza exclusiva de defensa territorial, sino como eje de maniobra complementario a las capacidades aéreas y navales en operaciones conjuntas. La mecanización implicó además reformas organizativas —creación o reconfiguración de brigadas mecanizadas, reducción de grandes estructuras y profesionalización de mandos— y un enfoque logístico en la movilidad estratégica: transporte rodado y aéreo, puentes flotantes, y sistemas de suministro eficaz para sostener la capacidad de combate de unidades altamente móviles en escenarios como el estrecho de Taiwán o el Mar del Sur de China. En suma, la mecanización buscó equilibrar la necesidad de disuasión convencional con la exigencia de rapidez y flexibilidad operativa en conflictos focalizados en la periferia.

Informatización

La informatización constituyó el segundo eje y representó un salto cualitativo en la manera de concebir el combate: la prioridad pasó a ser la superioridad informativa y la capacidad de conducir operaciones conjuntas multidominio sobre la base de sistemas integrados de mando, control, comunicaciones, computación, inteligencia, vigilancia y reconocimiento (C4ISR). El objetivo fue crear una ventaja competitiva en la cadena de decisión operacional —detectar, decidir y actuar— mediante la convergencia de sensores, redes satelitales y capacidades de guerra electrónica y ciberdefensa que protegieran y explotaran la dimensión informativa del conflicto.

En la práctica, la informatización implicó el desarrollo de infraestructura espacial (satélites de telecomunicaciones y observación, estaciones-receptoras, nodos de datos) y la modernización de los sistemas de guerra electrónica y ciberseguridad. Doctrinalmente, este impulso se plasmó en la reformulación doctrinaria de 1993 a Ganar guerras locales bajo condiciones de informatización (2004–2014) y luego en la continuidad del concepto con variantes recientes. El efecto fue convertir la capacidad de integrar información en tiempo real en un multiplicador de fuerza: permitiendo ataques más precisos, sincronización de las armas combinadas y resiliencia frente a intentos de degradación de redes por parte del adversario.

Inteligentización o guerra inteligente

El tercer eje —al que en la literatura y en los documentos doctrinarios se alude frecuentemente como inteligentización o el concepto más amplio de guerra inteligente— representa la incorporación sistémica de tecnologías emergentes (inteligencia artificial, aprendizaje automático, Big Data, autonomía robótica y sistemas no tripulados) en todos los niveles del instrumento militar: comando y control, toma de decisiones, planificación, operaciones, logística y adiestramiento. Su objetivo central es elevar la velocidad y calidad de la toma de decisiones mediante herramientas automatizadas que permiten procesar volúmenes masivos de información, generar predicciones operacionales y asistir o ejecutar acciones con distintos grados de autonomía.

En el plano de capacidades, la inteligentización abarca: (1) algoritmos avanzados para el procesamiento de datos; (2) sistemas autónomos y semiautónomos —vehículos aéreos, marinos y terrestres no tripulados— destinados a inteligencia, vigilancia y reconocimiento, guerra anti superficie/antisubmarina y ataques de precisión; (3) logística inteligente que emplea Big Data para optimizar cadenas de suministro, mantenimiento predictivo y reabastecimiento en tiempo real; y (4) asistentes basados en IA para la planificación de operaciones y la gestión del espectro electromagnético. En la doctrina, este eje se articula bajo el paraguas de guerra inteligente, un concepto que busca integrar capacidades algorítmicas con la arquitectura de C4ISR preexistente, aumentando la letalidad y resiliencia de las fuerzas a través de una gestión optimizada de la información y la acción.

Este eje se profundizó luego de las experiencias rescatadas de la Guerra de Ucrania, cuando el EPL inició en 2022 una serie de análisis sistemáticos dirigidos por la Academia de Ciencias Militares y el Comando Conjunto del Teatro Oriental. Los estudios, publicados en medios especializados, evaluaron el empleo de drones tácticos, la guerra electrónica y los sistemas de reconocimiento en red observados en el conflicto. A partir de 2023, el Ministerio de Defensa impulsó simulaciones conjuntas sobre operaciones inteligentizadas, integrando IA y automatización en ejercicios de los teatros oriental y meridional.

Xi Jinping durante su alocución en el desfile.
Xi Jinping durante su alocución en el desfile.

La modernización bajo la presidencia de Xi Jinping

Bajo la presidencia de Xi Jinping, la modernización militar adquirió una nueva dimensión estratégica, al ser concebida no sólo como un proceso de modernización de capacidades, sino como un componente esencial del proyecto de rejuvenecimiento nacional y del ascenso de China como potencia global. En este marco, Xi articuló una hoja de ruta temporal dividida en tres grandes hitos —2027, 2035 y 2049— que buscan guiar la transformación integral del EPL en coherencia con los objetivos de desarrollo nacional y las demandas del entorno estratégico. Este cronograma, adoptado oficialmente en los Informes de Trabajo del Congreso del Partido Comunista Chino y en los Libros Blancos de Defensa Nacional, funciona como una secuencia de metas intermedias que vinculan la evolución doctrinaria del EPL con la consolidación del poder estatal chino en el sistema internacional.

El primer hito, establecido para 2027, coincide con el centenario de la fundación del EPL y representa la fase de consolidación de las transformaciones iniciadas en las décadas anteriores. En esta etapa, el objetivo es completar la mecanización, alcanzar un nivel avanzado de informatización e incorporar los primeros elementos de la inteligentización en la conducción, entrenamiento y apoyo logístico. Desde la perspectiva operacional, esto implica que el EPL debe lograr un grado de preparación suficiente para sostener operaciones conjuntas de alta intensidad en su periferia inmediata —especialmente en el estrecho de Taiwán— con un nivel de coordinación multidominio comparable al de las fuerzas armadas occidentales. La meta de 2027, por tanto, no sólo tiene un valor material, sino también político y disuasivo, al señalar la intención de Pekín de reducir sustancialmente la brecha de capacidades con sus principales competidores antes del final de la década.

El segundo hito, proyectado para 2035, busca completar la modernización del EPL y cerrar la brecha tecnológica estructural con las fuerzas armadas de EUA y sus aliados. En este punto, China aspira a disponer de una fuerza totalmente informatizada, con redes C4ISR integradas, sistemas de armas de última generación y un nivel avanzado de profesionalización y entrenamiento. Este objetivo se inserta en la lógica del equilibrio de poder regional: Pekín entiende que el sostenimiento de su ascenso pacífico y la protección de sus intereses estratégicos —incluido el acceso a los bienes públicos globales y las rutas marítimas— dependen de su capacidad para disuadir intervenciones externas y proyectar poder de manera autónoma.

Finalmente, el horizonte de 2049, coincidente con el centenario de la República Popular China, constituye la meta de largo plazo y el punto culminante del proceso: transformar al EPL en una fuerza armada de clase mundial (world-class military). Esto supone alcanzar un nivel de proyección global, superioridad tecnológica y capacidad operativa integral que permita a China competir en igualdad de condiciones con EUA y otras grandes potencias en todos los dominios —terrestre, marítimo, aéreo, espacial y cibernético—. En términos estratégicos, el objetivo de 2049 simboliza la culminación del vínculo entre poder militar y legitimidad política: una China rejuvenecida y plenamente soberana, capaz de sostener su desarrollo y defender sus intereses desde una posición de fuerza. Así, la modernización del EPL bajo Xi Jinping no se concibe únicamente como un proceso de mejora militar, sino como una herramienta fundamental para reconfigurar la arquitectura de seguridad en Asia-Pacífico y redefinir el balance de poder en el sistema internacional del siglo XXI.

Lo señalado hasta aquí nos brinda contexto suficiente para poner en valor el reciente desfile militar oportunamente informado por el Manual de Informaciones.

El Desfile Militar como reflejo del avance de la modernización de China

El desfile del 3 de septiembre de 2025 —con motivo de celebrar el 80º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial— funcionó como un acto político que no se limitó a exhibir una serie de nuevos sistemas de armas, sino que buscó transmitir un mensaje hacia las audiencias regionales y globales: mostrar la capacidad de proyección y voluntad militar de China. En la aparición simultánea de vehículos blindados inteligentes, sistemas contra-VANT por láser y microondas, y misiles de largo alcance fue una señal de que Pekín logró un avance en la transformación de sus fuerzas armadas pretende logrando consolidar una arquitectura militar coherente que combina proyección, disuasión y control del entorno informativo.

Desde una perspectiva estratégica, el desfile materializa la convergencia entre la mecanización, informatización e inteligentización. La visibilidad pública de plataformas con sensores basados en inteligencia artificial, cascos de realidad aumentada y sistemas de armas con modos autónomos ratifica la apuesta china por multiplicadores de fuerza que reduzcan la dependencia de la masa de fuerzas y aceleren los ciclos de decisión operacional —es decir, por capacidades que brinden una ventaja decisiva en conflictos locales y limiten la posibilidad de intervención externa–. Esto refuerza la lógica de contestación de espacios estratégicos cercanos (estrecho de Taiwán, primera cadena de islas, Mar del Sur de China, etc.) y amplía la gama de instrumentos con los que China puede condicionar la actuación de EUA y sus aliados.

En lo que respecta a la estabilidad regional, la demostración del Desfile presenta un doble efecto: por un lado, disuasorio (disuasión), por el otro, polarización. En su vertiente disuasiva, la exhibición busca comunicar el incremento en los costos que tendría cualquier intervención externa en escenarios próximos a China; este mensaje se sostiene en la capacidad fortalecida de Pekín para ejecutar en forma sostenida operaciones de denegación de acceso / área negada (A2/AD).

En su vertiente polarizadora, el desfile tiende a acelerar las decisiones de los gobiernos regionales (Japón, Corea del Sur, Australia y otros estados del Sudeste Asiático) respecto a la consolidación de alianzas, la modernización de arsenales y el aumentó de la interoperabilidad con EUA; esto podría generar un círculo vicioso de acción-reacción que podría devenir en una carrera armamentística (a nivel regional-mundial).

Para la región, la proliferación de misiles hipersónicos, capacidad de ataque naval de largo alcance y sistemas antisatélite o anti-VANT complican las relaciones diplomáticas y la gestión de crisis; escaladas rápidas y colisiones entre China y otros países de la región resultan ser escenarios plausibles.

Desde la óptica del equilibrio de poder, el desfile evidencia la intención de Pekín de operar en una gama más amplia de escenarios —no sólo la defensa de sus espacios marítimos sino también la proyección en todo el Pacifico—, lo que obliga a replantear la clásica distinción entre capacidades “regionales” y “globales”. Si las plataformas exhibidas se integran operativa y logísticamente, China podría reducir su dependencia de ventanas temporales para actuar en la periferia y estirar su huella estratégica (proyección del poder), impactando rutas marítimas, bases logísticas y cursos de acción de terceros estados. Esto tensiona la gobernanza de bienes globales (libertad de navegación, espacios marítimos) y plantea nuevos desafíos jurídicos y normativos.

No obstante, la exhibición también pone de manifiesto vulnerabilidades estructurales para el propio proyecto chino. La ampliación rápida de capacidades críticas exige cadenas de suministro resilientes (microelectrónica, algoritmos, sensores), ecosistemas de I+D civil-militar estables y marcos institucionales que garanticen fiabilidad y seguridad. Sanciones, controles de exportaciones tecnológicas, dependencia de semiconductores avanzados o problemas de calidad y mantenimiento pueden limitar la eficacia real de los sistemas mostrados. Asimismo, la dependencia creciente en redes y plataformas digitales aumenta la exposición a ataques cibernéticos y a campañas de desinformación que podrían degradar la utilidad estratégica de estas armas.

Finalmente, el desfile puede leerse como una estrategia de señalización mixta: combina la demostración de capacidades con ambigüedad operacional (afirmar que ciertos sistemas están operativos sin detallar a que unidades están adscriptos) lo que maximiza los efectos de duda y disuasión estratégicas sin revelar las vulnerabilidades de su despliegue. Esto complica a sus competidores y eleva la prima de incertidumbre en la toma de decisiones en crisis.

Este desfile debe interpretarse como un indicador empírico del grado de avance en los tres ejes mecanización, informatización, inteligentización y al mismo tiempo como un catalizador de dinámicas regionales que reconfiguran incentivos estructurales —de cooperación, alineamiento o rearme— en Asia-Pacífico.

Conclusiones

El reciente desfile militar en Beijing, más allá de su carácter conmemorativo, constituyó una demostración de que la República Popular de China se constituyó en un actor internacional estratégico de primer orden. Su objetivo fue proyectar una imagen de poder respaldada por su instrumento militar; el mensaje es que el ELP está en condiciones de respaldas las ambiciones políticas y económicas del Gigante Asiático en el sistema internacional. En términos geopolíticos, este gesto envía una señal tanto a las potencias regionales del Asia-Pacífico como (y especialmente) a los Estados Unidos. Reafirma que China ha alcanzado un nivel de desarrollo militar que le permitiría tanto garantizar la defensa de sus intereses vitales, como extender su influencia más allá de su periferia inmediata.

La presentación de nuevos sistemas de armas refleja una modernización del EPL orientada en tres direcciones complementarias: la ampliación de la proyección estratégica y la capacidad disuasiva, la internalización de las lecciones operacionales derivadas de la guerra en Ucrania, y la incorporación progresiva de tecnologías inteligentes en el ámbito militar. En este sentido, la apuesta china por los misiles hipersónicos constituye una muestra clara de su intención de consolidar una ventaja asimétrica frente a las capacidades convencionales de Estados Unidos y sus aliados, al dotarse de medios capaces de penetrar defensas avanzadas y alcanzar infraestructuras críticas en la región. Esta capacidad otorga a Pekín una herramienta de disuasión creíble, esencial para sostener su estrategia de negación de acceso (A2/AD) en el Mar del Sur de China, y para consolidar su posición en el estrecho de Taiwán.

En conjunto, estos elementos permiten concluir que la modernización del EPL no constituye únicamente un proceso de desarrollo tecnológico, sino una reconfiguración integral del poder militar en función de una estrategia de proyección del poder nacional de largo alcance. El desfile militar de 2025 debe interpretarse, por tanto, como un hito simbólico y operativo dentro de la transformación de China en una potencia militar de clase mundial, con implicancias directas para el equilibrio de poder en el Asia-Pacífico y para la estabilidad estratégica global

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