La huella digital

La huella digital

“Una ojeada por el rastro les dice a estos hombres una historia entera. Suponiendo que examinen la huella de un millar de caballos, sabrán al detalle, el número de los que iban montados, dirán cuántos iban a medio galope; por la profundidad de otras impresiones deducirán que algunos llevaban pesadas cargas; por el modo de haber preparado la comida inferirán si los perseguidos llevaban prisa, y por el aspecto general sacarán cuánto tiempo hace que hayan pasado. Un rastro de diez o quince días es para ellos bastante reciente, y, por tanto, bueno para ser seguido”. Charles Darwin, 1834

Desde los inicios de la historia humana, el hombre debió valerse de sus destrezas para obtener el alimento y suplir otras necesidades de la supervivencia. Una de estas destrezas fue la de rastrear, ya que, para cazar a su presa, primero debía saber dónde se encontraba, cuál era su derrotero, su guarida o escondite. El rastreador podía leer e interpretar las huellas de su presa y así inferir un patrón de comportamiento, su situación, peso, edad y si estaba sola o en manada. Así, la presa estaba siendo cazada mucho antes de que se encontrara cara a cara con el cazador.

Nuestra época se caracteriza porque hemos integrado nuestra vida física con los entornos digitales. De alguna forma u otra, cada habitante de este mundo se conecta a internet desde que se levanta y se desconecta solo en el momento en que se duerme. Entre estos dos momentos suelen llevarse realizarse diversas actividades que nos conectan con el ciberespacio; trabajamos, nos comunicamos, realizamos las compras, reservamos vuelos y restaurantes, y hasta amamos en este entorno. Como sucedía en los primeros tiempos, en que cada daba la presa dejaba una huella en su entorno, cada usuario de internet deja una huella en el entorno digital en cada interacción; huellas que son utilizadas por los modernos y astutos cazadores para conocer la vida, los patrones de consumo, los deseos y el comportamiento de los usuarios, de las nuevas “presas”.

Esta “huella digital”, como se la denomina, es que la que vamos dejando imperceptiblemente (para nosotros) cada vez que visitamos o utilizamos una página web o consultamos las redes sociales. La información que se nos presenta como “gratuita” tiene un costo escondido, y es el de nuestra intimidad. Este costo aumenta cuando utilizamos las redes sociales para expresar nuestras opiniones, sentimientos y posturas políticas, sociales o religiosas; peor aún es cuando subimos a las plataformas fotos y videos, ya que los sistemas de reconocimiento facial y de objetos permiten no solo identificar quiénes somos, sino también, deducir información de nuestro entorno.

Es por eso por lo que como usuarios de internet debemos ser cautos, conscientes de este fenómeno y tomar las contramedidas adecuadas. Esto no es sencillo, ya que vivimos en un mundo donde la está integrada en nuestro estilo de vida. Esta recomendación no solo solo para los adultos que debieron aprender de grandes a trabajar con este tipo de herramientas, sino también a los milenials (1981-1993) y los de la generación Z (1994-2010) que son nativos digitales. Esta estrecha relación con el ciberespacio puede ser perjudicial por el exceso de confianza, y llevar a perder conciencia de las medidas de seguridad al no resguardar información sensible. 

Una aclaración: no solo los estados y los sistemas de inteligencia posee información secreta y confidencial, sino que cada persona dispone información que caer en manos equivocadas puede causarle un daño, como las claves de sus cuentas bancarias. Pero hay un paso más, donde política y sociedad confluyen, y es cuando un grupo utiliza la huella digital conocer la opinión de la gente, y así manipularla, como fueron los casos para influir en la elección de representantes.

# ¿qué es la huella digital informática?

Son los datos que dejamos diariamente cuando utilizamos internet por las actividades que realizamos, los lugares que visitamos, las redes sociales en las que compartimos contenido, el GPS que nos direcciona al trabajo, como toda interacción con un soporte electrónico. El problema de estos datos es que no es nuestra voluntad proporcionarlos, o por lo menos, no para que sean almacenados para fines que nosotros no preveíamos. Por ejemplo, cuando utilizamos un GPS, ingresamos el dato de destino, pero no somos conscientes que el sistema dejará almacenado el tiempo de viaje, la ruta, el lugar dónde fuimos (oficina, comercio, restaurant), el tiempo en que permanecimos allí, si estuvimos cerca de uno de nuestros contactos, si es una visita regular.

Puede que seamos conscientes de la información que proveemos, o peor aún, que el sistema nos pida nuestro consentimiento mediante un extenso contrato y arduo de cesión de información que no leeremos y que aceptaremos con solo un toque en el teléfono. No lo hacemos porque el registro suele ser beneficioso para nosotros, ya que, así se nos puede ofrecernos herramientas más específicas conforme a nuestros gustos o exigencias; o al conocer nuestros patrones de comportamiento, nos puede recomendar consumos o recordar algo importante.

Pero esta información, llegar a manos equivocadas porque la empresa que la recolecta la vende a terceros o porque es víctima de un robo de información. Esta información puede circular por la internet profunda y ser mercancía entre grupos que se dedican a actividades ilegales.

En la actualidad, la huella digital informática es una de las cuestiones que más preocupan a los usuarios ya que afecta directamente la seguridad y privacidad, no solo de estos, sino también de las empresas o instituciones de las que forman parte, porque al navegar en la web, estamos entregando información concreta y precisa al dueño de la página, como ser nuestra IP que revela la ubicación geográfica, las dimensiones de la pantalla de la computadora, el sistema operativo del ordenador o dispositivo, idioma, sexo, edad e incluso el último lugar que hemos visitado.

# contratos

¿Alguna vez se ha preguntado cuando fue la última vez que firmó un contrato?

Tal vez el lector recuerde el aspecto físico de firmar un contrato, sea ante un escribano, o uno proforma, como cuando se adquiría un seguro o una línea telefónica. Si bien no lo leía, el contrato estaba ahí, con su letra chica y todo. También contrataba, tal vez sin saber que se trataba de un contrato, cuando utilizaba un transporte o realizaba una compra en un supermercado.

Según una encuesta al azar de la que participaron alrededor de cien personas de entre 18 y 40 años, el 89% de los consultados coinciden en el hecho de que firmar un contrato está referido a un elemento tangible. Estos últimos ignoran que en esta nueva era digital firmamos permisos y contratos a cada instante, al actualizar o bajar una aplicación al celular, por ejemplo, y hacemos clic en “aceptar” o “estos de acuerdo”, estamos dando acceso a nuestra información personal o cediendo derechos de imagen mediante de un contrato digital. Bajo el nombre de permisos y condiciones damos clic aceptando un sinfín de condiciones que rara vez leemos, y que nos horrorizarían de leerla en un documento en papel.

# mi información

Una persona a diario genera unos 2.5 GB en información la cual es almacenada, segmentada y analizadas por diferentes algoritmos según patrones y tendencias. Este mecanismo se lo conoce como Big Data (Fenómeno BIG DATA, SI Ernesto Daniel Montenegro, Manual de Informaciones, 2020, Pag 53); con él, grandes corporaciones, empresas y terceros pueden conocer nuestras preferencias, gustos e ideales y así poder influir en nuestras decisiones y comportamientos. A su vez, estos algoritmos “aprenden” en cada ciclo, retroalimentándose de nuestros comportamientos para volverse más acertados en cuanto al tipo de retroinformación que nos ofrece. 

# no hay vuelta atrás

Esta era tecnológica nos abre muchas puertas, pero debemos entender que cada vez que entramos a la web, hay alguien que nos está mirando, más allá que pensemos que nadie nos ve. Por más que navegamos con IP camuflado o de manera anónima (o como nos hacen creer algunos navegadores “de incógnito”[1]), siempre dejamos un registro, una huella, algo de nosotros. Somos nosotros los que tomamos la decisión acerca del contenido a publicar, y que una vez que nuestro dato ingresa a internet, le pertenece. Por más que lo eliminemos, todo rastro que dejemos es imborrable. 

Es un error común pensar que como usuarios de una red tenemos derecho a nuestra privacidad y al dominio de nuestra información, y es naif creer que somos los dueños reales de nuestra cuenta y su contenido, ya sean fotos, vídeos, comentarios. Una vez que integramos un dato nuestro a internet, debemos considerar que la misma ya se ha replicado e indexado en buscadores[1], pudiendo así ser recuperable para terceros.

Respecto a los contratos y la creencia del derecho a la privacidad, unos usuarios demandaron a Google por rastrear su navegación cuando lo hacían en modo incógnito. La defensa de Google fue ¡que los demandantes dieron su consentimiento para que Google recopilara sus datos mientras navegaban en modo privado! O sea, mientras que supuestamente le ofrecía una navegación “privada” al usuario, en la letra chica hacía lo contrario. Google sostuvo su postura de no haber violado su propia “política de privacidad”, pero de todas formas quiso evitar el juicio y llegar a un acuerdo privado.

# a mí no me va a pasar

También es ingenuo pensar que los ataques de hackers o cazadores cibernéticos van a estar dirigidos a grandes empresas o instituciones y que nunca nos podría pasar algo así. Usualmente consideramos que los sitios que visitamos o las cosas que publicamos son irrelevantes o de poca cantía, sin embargo, es mucho más sencillo hackear un individuo que a un sistema. La mayoría de los ataques registrados en la red se deben a que las personas se dejan llevar por sus impulsos o emociones y con un simple clic a un archivo o un enlace pueden abrir la puerta a su sistema (computadora, tableta, teléfono) a un virus o un troyano, o permitir el robo de información, como es la lista de contactos.

# nuevos estrategas

Debemos repensar el concepto de guerra para aplicarlo al ámbito del ciberespacio porque, de cara a una nueva generación, se puede hacer más daño con un virus informático o un troyano que con un fusil. Un solo hacker con acceso a las redes de su oponente puede desencadenar un daño descomunal. En esta era, el adversario no necesita un ejército, solo una computadora con conexión a internet, ya que esto lo hace peligroso, silencioso e invisible.

Cada sitio de internet puede ser un campo de combate, y sigue siendo verdad la antigua máxima de todo sistema de inteligencia: “el eslabón más débil siempre será el factor humano”.

# enseñanzas

Vivimos en una constante amenaza de cazadores informáticos que buscan hacerse con nuestra información. La herramienta más efectiva con que contamos para evitar que esto suceda es hacernos una clara conciencia del peligro al que estamos expuestos y que en todo momento debemos resguardar nuestros datos. La mejor manera de resguardarlos es, en la medida de lo posible, no subirlos a internet. En caso de que ello no sea posible, y si no queremos caer en las trampas de los cazadores informáticos, deberíamos:

• mantener actualizado el antivirus

• verificar las fuentes de los correos entrantes

introducir datos privados solo en sitios seguros (una comprobación fundamental antes de cargar un dato es fijarse en el signo de alerta o candado en la barra de direcciones del navegador, si la conexión es segura y si tiene un certificado de seguridad. No comprobar esto es una conducta que se acerca a la negligencia)

personal que pertenece a una organización, especialmente el militar, evitar las fotos dentro del ámbito de trabajo o revista (aunque afecte el ego con la perdida de “me gusta”)

por más practico que resulte, evitar enviar archivos (más aún de aquellos que tienen clasificación de seguridad) por medios digitales como WhatsApp, Facebook, Telegram o el correo no institucional (personal)

Fuentes

TORRES, Ariel. Hackearan tu mente. Editorial Planeta, 2017.

SIRI, Santiago. Hacktivismo. Editorial Sudamericana, 2015.

GALUP, Luciano. Big data y política. Editorial Penguin Random House, 2019

CARAHER, Lee. Milennials en la oficina. Editorial Paidós, 2014

LANIER, Jaron. Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato. Editorial EpubLibre, 2018

Notas

  1. as.com/meristation/betech/google-tendra-que-pagar-5000-millones-por-espiarte-en-el-modo-incognito-de-chrome-n/
  2. Esto se evita con la internet profunda, donde la información no ha sido indexada.